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Esta semana me llamó la atención una noticia que hasta ahora no había considerado en profundidad, quizá porque nunca imaginé que llegaría a plantearse como posibilidad. Se trata de la propuesta del presidente Trump de que las compañías presenten sus reportes de ganancias solo dos veces al año en lugar de las habituales cuatro. Al conocerla, lo primero que me surgió fue la duda: ¿sería un cambio favorable o desfavorable, tanto para las empresas como para quienes invertimos en ellas? Esa pregunta me llevó a detenerme, a analizar los argumentos y las distintas posturas, no tanto con la intención de tomar partido inmediato, sino con el objetivo de entender en qué medida esta modificación podría impactar, para bien o para mal, en mi propia actividad como inversor.
Las señales de salud que podemos recibir de los mercados de valores se mide a través de los reportes financieros regulares, mientras que las gráficas de precio son el electrocardiograma que nos muestra que tan enfermo está un activo. Cada trimestre, las empresas emiten sus resultados, proporcionando información valiosa a los inversores. La propuesta de reportar cada seis meses en lugar de cada tres alteraría fundamentalmente este ritmo en el cual podemos informarnos, con implicaciones profundas para la transparencia del mercado y la toma de decisiones de inversión.
Quienes apoyan la idea de extender el período de reporte sostienen que liberaría a las compañías de la “tiranía del cortoplacismo”. Con menos reportes, habría también menos presión por alcanzar metas trimestrales y más espacio para que los equipos directivos se concentren en diseñar estrategias de largo aliento. No es una visión nueva, ya que empresas como Berkshire Hathaway han defendido históricamente esta postura, recordando que el verdadero valor se construye a lo largo de los años y no en una sucesión de trimestres. Sin embargo, encuentro una ausencia llamativa entre quienes defienden este discurso, y es que rara vez se pone en el centro la confianza de los empresarios en su propio proyecto. El énfasis está puesto en escapar del escrutinio de las instituciones especuladoras, pero no en reivindicar la posibilidad de crecer genuinamente desde la fortaleza del negocio mismo.
Esta propuesta de Trump surge en un momento económico delicado. Los últimos reportes de varias instituciones, entre las que se encuentran el Fondo Monetario Internacional y la propia Reserva Federal de Estados Unidos, proyectan una desaceleración del crecimiento. En este contexto, reducir la frecuencia de reportes podría funcionar como una cortina de humo que oculte el impacto real de estas tendencias en las empresas individuales. Si los consumidores tienen menos capacidad de gasto debido a presiones inflacionarias o desempleo, esta realidad se manifestaría más lentamente en los reportes semestrales, dejando a los inversores minoristas nadando en el vacío durante períodos peligrosamente largos.
Si la economía se enfría, los reportes trimestrales actúan como termómetros inmediatos. Reducir la frecuencia a seis meses puede significar que el inversor minorista tenga menos oportunidades de enterarse de cómo evoluciona realmente la empresa. Se extiende el tiempo entre mediciones y, con él, la posibilidad de que se acumulen problemas sin que salgan a la luz. Mientras los grandes fondos institucionales mantienen acceso a información privilegiada, canales directos con las empresas y sofisticados equipos de análisis, el inversor promedio depende críticamente de estos reportes periódicos para tomar decisiones. Esto no implica necesariamente una lectura de los reportes, pero sí disponer de un reflejo en la actualización de movimiento de precios.
No hay que olvidar que el tiempo en los mercados es también dinero. Un trimestre puede parecer corto, pero en tres meses la dinámica de un sector puede cambiar por completo: nuevas tecnologías, movimientos de competencia, variaciones en costos. Para el minorista que intenta gestionar su cartera, esperar seis meses para conocer los resultados puede implicar quedarse atado a una narrativa desactualizada. Esta opacidad extendida representa una desventaja estructural significativa. Quienes sostienen y propagan la teoría de que los mercados son eficientes y transparentes suelen ser quienes se dedican a analizar, enseñar o recomendar sin poner su propio dinero en juego, cuando es un concepto fácilmente desmontable.
La investigación académica ha establecido consistentemente que mayores niveles de transparencia se correlacionan con un menor coste de capital para las empresas. Cuando los inversores tienen información más frecuente y detallada, perciben menos riesgo y requieren menores rendimientos para invertir. Reducir la frecuencia de presentación de los reportes podría incrementar el coste de capital (posibilidad de las empresas de conseguir dinero), especialmente para empresas más pequeñas y menos seguidas, contradiciendo uno de los principios básicos del supuesto mercado eficiente.
La falta de transparencia no solo impacta en los inversores individuales, sino que también puede derivar en riesgos de carácter sistémico. Buscando información sobre el tema, encontré un estudio de unas sesenta páginas de la Kellogg School que me resultó particularmente interesante y útil como complemento. Una de las conclusiones a las que pude llegar leyendo el contenido del paper es que, cuando la información escasea, los participantes del mercado tienden a imitar comportamientos. Esto se vio en sectores como el de los seguros, y en otros que terminaron siendo epicentro de crisis, donde la carencia de datos claros llevó a un efecto rebaño con los inversores copiando las mismas estrategias, y multiplicando vulnerabilidades que solo se hacían visibles cuando ya era tarde. Bajo esa lógica, reducir la frecuencia de los reportes financieros podría acentuar este tipo de dinámicas, fomentando mercados más homogéneos y, por lo tanto, más frágiles, en los que los principales perjudicados terminarían siendo los inversores minoristas, ya que siempre serán los últimos en salir.
Desde una perspectiva de la conducta, los reportes trimestrales sirven como puntos de anclaje que ayudan a los inversores a calibrar expectativas y gestionar la ansiedad. Extender este período podría crear vacíos de información donde prosperen los rumores, la especulación y la volatilidad injustificada. Es como quitar las señales en una carretera, donde los viajeros se vuelven más ansiosos, menos seguros de su progreso y más propensos a errores sobe la ruta a seguir. En un contexto donde tenemos demasiada información falsa al alcance de la mano, reducir la información oficial sería como instalar obstáculos en la misma carretera. Se crearía una desincronización peligrosas entre la información oficial y los datos informales que circulan constantemente.
Como ocurre tantas veces, el verdadero nudo está en los intereses. Para el gobierno, espaciar los reportes sería una forma de ganar tiempo, ya que menos instancias de exposición implican menos oportunidades para que se hagan visibles las grietas de la política económica y más margen para sostener un relato oficial sin cuestionamientos. Las empresas, por su parte, comparten un incentivo parecido, ya que si atraviesan dificultades, disponer del capital de los inversores durante un período más largo les da espacio para intentar soluciones sin quedar expuestas de inmediato. El problema aparece en el lado de los inversionistas, especialmente los minoristas, donde quienes accedan a información privilegiada podrán aprovecharla durante más tiempo en desmedro de aquellos que dependen únicamente de los reportes oficiales, profundizando una desigualdad que ya existe en los mercados.
Creo que una solución intermedia podría ser mantener los reportes trimestrales, pero con un formato más sencillo y enfocado en métricas realmente relevantes, dejando de lado la obsesión por las ganancias inmediatas que tantas veces distorsionan la toma de decisiones. Al mismo tiempo, las compañías podrían complementar esa información con reportes no financieros más frecuentes, vinculados a innovación, actividades o avances estratégicos, ofreciendo así una fotografía más equilibrada sin resignar transparencia. De esa forma, los inversores podríamos interpretar mejor las señales del negocio a partir de su dinámica real y no únicamente de los números trimestrales, mientras que la política obtendría el margen que desea para demorar la exposición de sus malos resultados, principalmente en lo referido a la pérdida de poder de consumo, que quedaría sin un reflejo inmediato en las estadísticas trimestrales.
En definitiva, entiendo que este debate va mucho más allá de una cuestión contable o de simples exigencias para las empresas. En el fondo nos estamos preguntando sobre qué tipo de mercados queremos construir. ¿Mercados diseñados para dar comodidad a las compañías y al Estado, o espacios donde los inversores puedan ejercer un rol de verdadera oposición e influencia? ¿Qué implica reducir la calidad y la frecuencia de la información en un sistema que necesita un volumen confiado para poder funcionar? Lo que percibo es que, a nivel institucional se manifiesta una idea clara: la transparencia no es un costo incómodo, sino el oxígeno que mantiene con vida a los mercados. Quitarla o restringirla es jugar con la respiración misma del sistema. Como inversores, lo que necesitamos no son reformas que nos obliguen a elegir entre largo plazo o transparencia, como si fueran polos opuestos, sino marcos que logren equilibrar ambos.
Una de las fórmulas más efectivas para imponer una idea o interés desde una situación de poder es la de plantear una polarización, y como inversores individuales debemos entender que eso no nos beneficia. Elegir el bando del largo plazo o el bando de la transparencia implica asumir que la postura contraria es perjudicial para el mercado, cuando solamente se trata de posturas que defienden intereses de los que no formamos parte. Los mercados solo son saludables cuando conjugan empresas capaces de generar valor sostenido con inversores que confían sus ahorros en ellas, pero nunca desde la ingenuidad ni desde la fe ciega. Transparencia y visión de futuro no deberían plantearse como alternativas o contrapuestas, sino como condiciones complementarias. En ese delicado equilibrio se encuentra la oportunidad de un mercado que funcione para todos: empresas que piensan en décadas e inversores que puedan confiar, pero nunca con los ojos vendados.
El dólar estadounidense finalmente alcanzó los mínimos del año, desde donde logró recuperar algo de volumen y cerrar la semana con un leve impulso alcista. La tendencia de fondo sigue siendo claramente bajista y, aunque una recuperación técnica sería razonable, todavía no encuentro señales firmes de que esa reversión esté iniciada. Mantengo una postura neutra en el mercado de divisas hasta que no observe al dólar superar ciertos niveles técnicos clave. Cualquier posición de largo plazo será ocasional y con objetivos cortos.
Por ahora, son las divisas europeas las que muestran la correlación negativa más definida frente a la moneda norteamericana. Donde empiezo a ver un terreno con mayor potencial es en monedas asiáticas y latinoamericanas, aunque todavía no se perfila ninguna oportunidad lo suficientemente concreta como para tomarla con decisión.
Al igual que la semana pasada, los metales volvieron a destacarse al marcar nuevos máximos y sostener un comportamiento técnico sólido. Esto me ha dado la confianza suficiente para mantener posiciones abiertas, incluso en días puntuales de retroceso. Tanto la plata como el oro cerraron el viernes muy cerca de superar nuevos techos, recuperando además la correlación positiva que habían perdido en días anteriores. De cara a lo que viene, espero sumar algún activo adicional vinculado a estos metales, aunque con la intención de diversificar. En lugar de concentrar todo en las mismas compañías, busco incorporar empresas de distinto origen a las que ya tengo en cartera dentro de este rubro. El objetivo es ampliar la exposición al sector sin dejar de gestionar el riesgo, distribuyéndolo mejor dentro del mismo mercado.
El resto de los commodities tuvieron una semana de rangos sin lograr tendencias que dieran paso a plantear ideas, por lo que no espero nada particular de cara a la semana próxima.
Tras la confirmación de la baja de tipos de interés, los principales índices comenzaron a moverse con una fuerte correlación, aunque sin el respaldo del volumen ni del flujo de capital. En el S&P500 se registraron ventas significativas que debilitaron la potencia de los nuevos máximos alcanzados, mientras que en los índices de acciones de menor capitalización sí se observó un volumen institucional mucho más marcado.
Este contraste plantea un desafío al analizar los niveles técnicos dejados atrás tanto por el S&P500 como por el Nasdaq. La tendencia carece, por ahora, del combustible necesario, lo que abre la puerta a posibles retrocesos de prueba sobre esas mismas zonas que fueron superadas. En el caso del S&P, el camino parece despejado hasta los 6.800 puntos, pero la clave será observar si en el arranque de la semana aparecen instituciones tomando posiciones en compañías de gran capitalización. De ser así, estaré atento a sumarme con compras en acciones populares, aprovechando el movimiento con acompañamiento de flujo real.
Ni las noticias económicas, ni los tímidos esfuerzos por frenar los conflictos bélicos, ni las políticas implementadas por el Banco Central Europeo ayudan a impulsar las bolsas de la zona euro. Frente a la reacción contenida de los precios en Estados Unidos tras los cambios en las tasas, el mercado europeo tampoco encuentra un motivo suficiente para generar volatilidad, y los inversores optan por esperar. En Reino Unido, las acciones muestran caídas, mientras que en el resto del bloque los índices permanecen atrapados dentro de rangos estrechos. Por mi parte, no tengo previsto realizar actividad en este mercado durante la semana.
Mantengo posiciones abiertas en China, con la intención de agregar nuevas compras durante la semana. Tras alcanzar un canal técnico relevante el jueves, el precio no mostró ventas agresivas, lo que refuerza mi visión alcista. Considero que un retroceso de uno o dos días sería un movimiento natural del mercado y lo aprovecharé como oportunidad para incorporar nuevas posiciones. Mi enfoque inicial estará en acciones de gran capitalización, como BABA, JD y compañías similares, buscando beneficiarme del potencial de recuperación en estos rubros.
Una de las noticias más comentadas fue la compra de Elon Musk de 2.5 millones de acciones de su propia empresa para mantener el precio de TSLA. Frente a las críticas y la desconfianza de los inversores esta compra generó un flujo que ayudó a recuperar parte de las caídas del año y a cerrar la semana con un +7%. Si bien a nivel mediático generó bastante repercusión, la respuesta de las instituciones inversoras no pasó por más de algunas compras en el primer momento. A menos que vea un interés por parte de fondos grandes por participar no pienso plantear compras por el momento, ya que los últimos días el precio se estancó perdiendo la fuerza del impulso inicial.
Aunque lo más llamativo fue la compra de acciones de Intel por parte de Nvidia. Este movimiento parece estar motivado por una solicitud del gobierno estadounidense, que previamente había comprado acciones de Intel. Actualmente, Nvidia depende del respaldo del Estado para enfrentar sus desafíos en China, por lo que no resulta extraño que ambas partes se beneficien del acuerdo, aunque por ahora ese beneficio no se refleje en el precio de las acciones de Nvidia. Lo que aún no está claro son las intenciones detrás de los esfuerzos de Trump por favorecer a Intel, y mientras tanto los inversores parecen limitarse a compras temporales, reaccionando únicamente ante anuncios puntuales del gobierno que apoyan a la empresa.
En un lindo ejemplo de correlaciones, Uber Technologies cayó el miércoles luego de que su competidora Lyft anunciara una asociación con Waymo, compañía de Alphabet, para lanzar el transporte autónomo en 2026. Necesito ver algo más de actividad en LYFT para sumarme y verificar que no fue simplemente un corto impulso especulativo. Mientras que en cuanto a nuevas opciones en otros rubros, algunas de las compras más cercanas que espero son en AVTX y ZION, ya que el contexto de baja de tasas las favorece y se encuentran a punto de superar niveles técnicos importantes.
No hay cambios significativos respecto a la semana anterior en las economías emergentes, donde los grandes asiáticos siguen siendo los más destacados. A pesar de eso, no me fue fácil encontrar oportunidades nuevas de entrada ya que los impulsos son muy agresivos y dejan saltos de precio amplios en el horario americano. De todas formas me interesa continuar buscando compras en activos de Japón y Corea del Sur.
Un caso que tomé con extrema precaución es el de India, pero está funcionando muy bien. Mi preocupación fue basada en los intereses de Estados Unidos para buscar imponer límites en las relaciones comerciales de India con otros países, con dudas sobre la posibilidad de que estas presiones surtieran efecto. Pero hasta el momento parece haberse impuesto la independencia de criterio de India, por lo que el mercado encuentra un buen contexto para invertir y servirá estar pendiente de nuevas opciones de compra.
En cuanto a Latinoamérica, Brasil continúa alcanzando nuevos máximos, por lo que sigo agregando nuevas acciones brasileñas a mi lista de ideas. En el caso de México el mercado se encuentra en un retroceso parcial de la tendencia alcista, por lo que no espero sumar compras hasta que vuelvan nuevos impulsos. Mientras que argentina continúa profundizando las caídas y si vuelve a los mínimos de la semana estaré vendiendo acciones financieras.
Las criptodivisas no han cambiado de precio respecto a la semana previa, confirmando que cada vez mantienen una correlación mayor con el mercado americano que con activos que puedan considerarse como refugio. El flujo de capital tuvo un movimiento decreciente a lo largo de la semana, con una reducción de posiciones institucionales constantes. La pausa se refleja también en las criptos menores, por lo que no veo una vía de escape para plantear opciones en este momento. Esperaré a ver primero una reacción antes de decidir la dirección a tomar en el mediano plazo mientras continúo utilizando estos activos solamente para daytrading.
El día más complejo para la operativa de corto plazo fue el viernes ya que se cumplió la fecha de vencimiento de los contratos de futuros y las opciones, lo que suele generar una volatilidad algo desordenada en muchos activos. El día saló positivo con algunas opciones cortas en materias primas y gracias a una segunda posibilidad de entrada en COIN, luego de que la primera me quitara con stop. El resto de la semana mayormente con opciones en futuros y principalmente acciones.
Para inicios de la semana espero sectores operativos en Bitcoin, oro, divisas y algunas acciones como IBKR, EA y CRM que dejaré detallado sen la sección de intradía en la web junto con otras más. De cara a los próximos días no veo instrumentos complejos para operar, pero si tendré cuidado con divisas ya que puede pasar por algunos días de rangos más comprimidos. En caso de continuar la tendencia de forma agresiva me gustan las opciones de venta en el corto plazo en el EURUSD para llegar a la zona de $1,1700.
El rendimiento de esta semana vino principalmente de jueves y viernes luego de conocida la noticia de la Reserva Federal. Algunas acciones relacionadas a los metales que mantenía en compras hace días como GOLD y NEM subieron solamente el viernes más de 10% y 4% respectivamente, dejando una ganancia parcial de 15 veces el riesgo asumido originalmente en el caso de GOLD. También materialicé una ganancia de aproximadamente un 4% con la toma de beneficios en CWK, para cerrar la semana con un portafolio reducido de 5 activos comprados. El plan es continuar con compras en activos diferentes a los actuales si las condiciones de mercado se mantienen como a final de la semana.
Que tengas una buena semana. Hasta la próxima!