Desde los máximos alcanzados hace un par de semanas el mercado ha quedado estancado en un terreno de aparente comodidad, donde los precios se mueven dentro de un rango que no genera muchas expectativas. De todas formas, el cierre de la semana finalizó cerca de nuevos intentos por superar los récords del año. Esa calma suele esconder dos cosas: la espera por una noticia que justifique un giro y la prudencia (o indecisión) de los grandes capitales que no quieren precipitarse antes de entender bien el nuevo mapa de riesgos.
La ausencia de noticias de alto impacto en días recientes ha tenido el efecto directo de inmovilizar posicionamientos importantes. Los grandes gestores prefieren la inacción antes que mover capital con la sensación de que el terreno todavía no está firme. Aun así, y como detalle importante, no es que los equipos de inversión estén parados, sino por el contrario, muchas instituciones aprovechan esta pausa general para reestructurar sus procesos internos de decisión y revisar los períodos y fases por los que consideran que atraviesa el mercado.
En ese marco aparecen dos movimientos que conviene distinguir. Por un lado, algunos bancos y áreas de asesoramiento insisten más de lo habitual con mensajes destinados a reubicar capital hacia la renta fija. En el discurso público ese movimiento hacia estos instrumentos se presenta como una alternativa “prudente” frente a la volatilidad. Pero si se mira con detenimiento el rendimiento que ofrecen los instrumentos de renta fija disponibles, difícilmente se justifique el cambio masivo. Los porcentajes de rentabilidad no muestran mejoras tan notables como para transformarse en una propuesta de valor convincente para quien busca rendimiento real ajustado por riesgo. Es decir que la promesa de “seguridad” llega a costa de resignar rentabilidad, y a día de hoy esa idea de inversión llega con un timing cuestionable.
Por otro lado, y esto es lo que me resulta más interesante desde la observación institucional, hay gestoras que están haciendo una reconfiguración más profunda, donde actualizan criterios de asignación en renta variable, redefinen cuándo y cómo migrar de un grupo de acciones a otro y ensayan procesamientos más veloces de la información de mercado. En ocasiones, esa actualización incluye revalorar sectores usualmente despreciados en este contexto, como por ejemplo, cierto interés en acciones inmobiliarias en manos de fondos de gran tamaño, como parte de una estrategia de reapertura a activos de menor precio pero con potencial de recuperación en un escenario económico más benigno.
¿Por qué estas dos lecturas conviven? (empujar el discurso público a la renta fija al mismo tiempo que reconfiguran los criterios de renta variable). Creo que hay al menos dos orígenes para la insinuación de muchos gestores hacia la renta fija. El primero, mayoritario, responde a la incomodidad, ya que muchos gestores no están dispuestos a modificar sus modelos de inversión con la rapidez necesaria. Prefieren “delegar” la responsabilidad en productos menos volátiles para evitar rehacer procesos y correcciones antes que el mercado general. La renta fija funciona aquí como un seguro, reduciendo la necesidad de repensar reglas y criterios de decisión.
El segundo origen es más estratégico y, a mi juicio, más prometedor, y es que existe un grupo de gestores que sí están implementando actualizaciones activas en sus modelos de renta variable con la intención de ganar agilidad para migrar capital cuando cambien los ciclos de mercado. Para estos equipos, contemplar bonos o instrumentos de renta fija no es una renuncia, sino una compra de tiempo. Una manera de reducir la exposición mientras validan que la nueva lógica realmente mejora el timing de entradas y salidas entre distintos universos de acciones. En otras palabras, usan la renta fija como amortiguador mientras testean su capacidad de identificar los tiempos correctos y las variables para recuperaciones sectoriales.
Lo que me pareció curioso, es la relativa falta de convicción con la que muchos explican este movimiento hacia la renta fija. Las respuestas en entrevistas y presentaciones suelen estar cargadas de dudas, argumentos débiles o justificaciones de precaución. Algo que tiene sentido, ya que proponer a los clientes que hoy conviertan parte de su cartera en instrumentos de baja rentabilidad es especialmente incómodo cuando el mercado presenta la volatilidad y la dinámica que ha mostrado recientemente. De hecho, proponer resignar rentabilidad en este momento, cuando la historia muestra que tal estrategia funciona peor que otros contextos, luce como un error de timing.
Para quien se dedica exclusivamente al análisis técnico de precios, estas reflexiones pueden no aportar mucho. Si ese es tu enfoque, la recomendación práctica es sencilla: no te dejes convencer por ofertas que prometan “seguridad” a cambio de menor rentabilidad sin antes cotejar si existen fundamentos que lo justifiquen. La historia demuestra que mover capital a renta fija en fases donde la recuperación de activos devaluados es plausible no suele ser la mejor jugada.
Si administrás tu cartera con un horizonte de largo plazo, las estrategias de migración dinámica basadas en fases de mercado pueden aportar mucho valor, pero exigen conocer bien los criterios que se utilizan. En mercados como los de 2022, con caídas generalizadas y problemas de liquidez, este enfoque exge moverse completamente hacia activos muy distintos, pero suele ser la mejor manera de conseguir ganancia, ya que una diversificación en todos los sectores del mercado es mucho menos efectiva.
Si en los próximos días vemos que gestores que han reducido peso en tecnológicas y aumentado exposición a sectores devaluados, será una confirmación fuerte de que la actualización de modelos y la mayor agilidad ofrecen una ventaja real. Hasta entonces, el mercado seguirá siendo un laboratorio en el que conviene observar más que actuar con dogmatismo.
Personalmente, mi enfoque de largo plazo se basa en modelos de decisión que contemplan la migración constante de activos según fases de volatilidad y ciclos del mercado. Por eso me entusiasma ver movimientos institucionales que validen la eficacia de esas estrategias. Es una variable que llevo estudiando hace un par de años, pero que no la he aplicado masivamente porque su efectividad depende se ve más favorecida por un contexto alcista que no siempre se presenta (como ocurrió en 2022). Tampoco todas las acciones son aptas para este tipo de estrategia, por lo que los criterios de selección, y el momento lo son todo.
Para finalizar, vale la pena insistir en una idea simple pero central: la discusión sobre mover capital a renta fija hoy no es solo una cuestión de rendimientos visibles, sino de costos de oportunidad, modelos de decisión y capacidad institucional para adaptarse con rapidez. Algunos buscan refugio por comodidad; otros, los menos ruidosos, están utilizando ese refugio como un mecanismo táctico para ganar tiempo y probar nuevas reglas de juego. Los próximos meses serán, en ese sentido, una escuela práctica excelente para quien quiera aprender no solo qué deciden los grandes, sino cómo y por qué lo hacen.